Agustín Codazzi (1793-1859)

Juan Bautista Agustín Codazzi nació el 11 de julio de 1793 en el pueblo de Lugo, de la actual provincia de Ravena, Italia, creció rodeado de bienestar material, pero la salud de sus siete hermanos y su madre siempre era precaria. A los 6 años de edad acontece la muerte de su madre y sólo quedan con vida una hermana de 11 años. Después de la escuela primaria pasa a estudiar filosofía, pero su vocación militar va creciendo y en 1810 se enrola en el ejército de Napoleón Bonaparte.

En los años sucesivos realiza diversas campañas en Europa, a esto sigue su exilio, pasando a Grecia, Rusia, Polonia, Suecia, Dinamarca y Holanda. En Amsterdam se le abre la perspectiva de la América en lucha por su independencia. Con su amigo C. Ferrari, llega a Baltimore en 1817, siguiendo diversas actividades militares en el Caribe.

En 1819 realiza su primer viaje a Bogotá donde lleva un mensaje a Simón Bolívar.

Posteriormente regresa a Italia donde pasa tres años, volviendo a América en 1826.

En Bogotá conoce al grupo científico que intentaba formar una Escuela de enseñanzas superiores con iniciativa de Francisco A. Zea, como son J. B. Boussingault, F. D. Roulin, J. M. Goudet, J. Bourdon y M. E. de Rivero. Esta etapa sirvió pare delinear su futura actividad más allá de la guerra. En 1826, formando parte del ejército de Simón Bolívar, pasa a Venezuela, permaneciendo en Maracaibo como Primer Comandante de Artillería. En esta época realiza exploraciones con fines militares en diversos lugares del occidente de Venezuela, sirviendo de inicio a sus actividades geográficas. En 1830 se reúne en Valencia con el General J. A. Páez entregándole los mapas del Zulia, y éste muy satisfecho por el trabajo, concibe la idea del levantamiento del mapa completo de la República, cuyo plan es aprobado por el Congreso en 1830. Hasta fines de 1831 Codazzi alterna sus labores de exploración con diversas misiones militares, constituyéndose en hombre de confianza del General Páez, quien siempre lo respaldará. Sólo a principio de 1823, inicia armoniosamente su obra del Atlas y Geografía de Venezuela, comenzando los trabajos en la Provincia de Caracas. Luego se traslada a Valencia, donde se casa en 1834 y desde allí como base concluye sus exploraciones en la provincia de Coro y Barquisimeto, continuando luego con las provincias de Barinas y Cumaná, visitando la Cueva del Guácharo el 3 de febrero de 1835.

Aunque el plazo de presentación del mapa es 1833, obtiene una prórroga y continúa sus exploraciones hasta fines de 1838, cuando hace entrega del trabajo al General Páez, entonces Presidente de la República, y recibe la aprobación de J. M. Cajigal. En julio de 1840 se embarca a París pare la publicación de sus obras, las cuales son calurosamente acogidas por la Academia de Ciencias de París y obtiene diversas menciones. En 1841 se publican sus tres obras fundamentales, el Atlas, el Resumen de la Geografía de Venezuela y su Catecismo de la Geografía de Venezuela (CODAZZI, 1841 a, b, c). Esta última obra de preguntas y respuestas pare fines docentes (CODAZZI, 1841 b, 1961). En esta misma fecha concibe la idea de colonias agrícolas, que daría lugar a la fundación de la Colonia Tovar en 1843. En los años de 1842 y 1843 conoce a F. Bellermann, K. Moritz y N. Funk, los cuales también visitan la cueva del Guácharo. En 1945 se encarga de la Gobernación de la Provincia de Barinas, donde presenta extensos informes de esta región que son su última obra de envergadura que lleva a cabo en Venezuela. En 1847, con la presidencia de José Tadeo Monagas, es separado del gobierno de Barinas. El General Páez se levanta en armas y Codazzi lo acompaña, pero en esta oportunidad derrotados, deben abandonar a Venezuela. Codazzi va a Bogotá, donde el gobierno le encomienda el levantamiento del mapa de Colombia, continuando sus actividades geográficas por diez años, hasta que lo sorprendió la muerte el 7 de febrero de 1859, en plena actividad exploratoria en una aldea que más tarde recibía su nombre, y localizada entre Chiriguana y Valle Dupar cerca de la frontera con Venezuela. Desde 1942 sus restos reposan en el Panteón Nacional de Caracas.

SU OBRA ESPELEOLÓGICA

Codazzi es el primero en recorrer todo el territorio venezolano en forma sistemática, como parte del trabajo de elaboración de los mapas del país y la redacción de su Geografía de Venezuela. Con los anteriores y muy divulgados trabajos de Humboldt se dan a conocer apenas tres localidades espeleológicas, y con los trabajos de CODAZZI (1841, a, b, c) las localidades de cuevas conocidas aumentan a nueve, a saber:

  • Cueva del Guácharo, Provincia de Cumaná.
  • Gruta de Cuchivano, Provincia de Cumaná.
  • Cavernas de Atauripe u otras, Provincia de Guayana.
  • Cueva del Consumidero del río Guaire, Provincia de Caracas.
  • Cueva de San Sebastián, Provincia de Caracas.
  • Cueva de los Morros de San Juan, Provincia de Caracas.
  • Cueva en Valencia, Provincia de Caracas.
  • Cuevas en el cerro del Puto, Provincia de Carabobo.
  • Cueva del Cerrito de Monay, Provincia de Trujillo.


Con los datos biográficos disponibles no se puede precisar las fechas de las visitas a las cuevas, y desafortunadamente sus Memorias publicadas no abarcan su estadía en Venezuela.

Cueva del Guácharo.

Esta cueva la visitó el 3 de febrero de 1835, aunque en diversas publicaciones aparece erróneamente 1833 (e.g., SCHUMACHER, 1916: 59).

CODAZZI penetró a la cueva con el Juez de Paz de Caripe, el indígena José López, sus dos ayudantes y varios indios. Llegan al fondo de la Galería de los Guácharos o de Humboldt, en donde parece haber llegado hasta el propio final. "... hasta dar con la bóveda misma...". Luego señala haber ubicado, un "...hoyo ovalado de 2 a 5 varas de diámetro, 10 de profundidad, y con paredes verticales...", este parece ser el llamado Hoyo de Venancio. Luego regresa y ubica la entrada de la Galería del Silencio, penetran por ella y continúan por el cauce del río, hasta un "pozo ovalado de dos varas de profundidad, cuatro de largo y dos de ancho, con un fondo fangoso: "se veía salir el agua por un boquete que estaba sobre la superficie del pozo; mas no era posible penetrar por el". Según esta descripción, creemos que se trata del lugar conocido actualmente como Poza de Humboldt. Desde este punto regresan, encontrando el acceso al Salón Precioso, que describe como "un gran espectáculo de la naturaleza, que se presenta revestida de todos los primores de la petrificación subterránea". En este salón exploran haste el Salón de los Pechos. Retrocediendo, parece haber penetrado en el Salón Sublime. Luego siguen hacia el extremo sur del Salón Precioso, quizás hasta el Salón de Rolando, con sus "._. peñascos calcáreos destrozados, y a las 40 varas, se confundía esto con una bóveda irregular".

La importancia histórica de la visita de Codazzi a la cueva del Guácharo, estriba en haber sido el primero en penetrar a la Galería del Silencio haste la actual Poza de Humboldt, lugar este, traspasado sólo en 1890 por Alfred Scharffenorth. Es importante notar que en las interpretaciones de los lugares visitados hemos tomado principalmente las descripciones, ya que las distancias medidas por Codazzi no coinciden con las conocidas actualmente, lo cual se atribuye a diferencias de criterios de mediciones, como se discutiera en URBANI (1975: 141).

Otras cuevas

Según Shumacher (1884, 1916: 63) la exploración en el río Orinoco, hacia Caicara, Atures y Maipures se realizó a fines de 1837, allí visitó varios abrigos funerarios.

Las cuevas del Consumidero del río Guaire, las de San Juan de los Morros y de San Sebastián, parecen haber sido visitadas en los años 1832 a 1833, mientras que las de Valencia y Cerro del Puto, en 1834.

REPRODUCCIÓN DE LAS DESCRIPCIONES ESPELEOLÓGICAS

La única publicación estrictamente espeleológica de Codazzi es la descripción de la Cueva del Guácharo (Mo. 1) en CODAZZI (1835, 1843, 1857, 1871, 1875, 1876, 1909, 1916, 1961, 1974).Esta publicación la reproducimos en este trabajo, utilizando la versión original de 1835.

En el año 1835, la Sociedad Económica de Amigos del País, entonces presidida por el Dr. José María Vargas, publica el Anuario de la Provincia de Caracas de 1832 a 1833, aunque sin indicar los nombres del o los autores. En dicho trabajo la mayor parte de la información geográfica parece haber sido escrita por A. Codazzi, como se desprende por la casi total igualdad del contenido y redacción con su Resumen de la Geografía de Venezuela que publicara en 1841. Por consiguiente en el presente trabajo también reproducimos los párrafos de interés espeleológico de esta obra (SOCIEDAD ECONÓMICA DE AMIGOS DEL PAIS, 1835, 1958).

Finalmente se incluye la información espeleológica contenida en el Resumen y el Catecismo de la geografía de Venezuela.

Nota: Al transcribir los reportes se ha reproducido el texto con la ortografía original de la época, entendiéndose de este modo las posibles "faltas ortográficas" que el lector pudiera encontrar al leer estos escritos.

CUEVA DEL GUÁCHARO (CODAZZI, 1835)

El día primero de febrero (se refiere a 1835), llegué al pequeño pueblo de Caripe, perteneciente a la provincia de Cumaná, que está a 961 varas sobre el nivel del mar, a 10°10'14" de latitud septentrional, y á 30° 35' 45" al este del meridiano de Caracas. Su temperatura es suave y deliciosa en verano e invierno, en cuyas estaciones el termómetro centígrado se mantiene de día entre los 18° y 20°, y de noche entre los 12° 14°. La iglesia que es de mampostería, dos largas hileras de casitas cubiertas de tejas y unas cuantas de paja, constituyen el pueblo y hacen recordar los esfuerzos que hicieron los capuchinos aragoneses para reducir a la vida social a los indígenas que vagaban por las selvas sin domicilio estable. El antiguo convento en donde se reunía el Gran Capítulo, está en ruina y sólo existe en pie la portada.

El pueblo de Caripe, cuya vista es muy pintoresca, está situado en un valle longitudinal, ameno y frondoso, fertilizado por el río de su nombre, que derrama sus aguas en el Golfo Triste, después de haberse unido con el caño de San Juan. Las montañas de San Bonifacio y Guacarapo, que ostentan todo el lujo de la vegetación equinoccial y las estériles que circundan la meseta del Guardia San Agustín, forman una barrera por el Norte, al paso que por el Sur está terminado por los cerros escarpados de Chirigüiri y de la Cimarronera, de los cuales descienden numerosos torrentes, cuyas vertientes están abrigadas por grupos de árboles que contrastan admirablemente con la aridez de sus flancos. Por el Oeste, cierran el valle las montañas del Guácharo y del Periquito; a la espalda de las cuales se levanta el picacho desnudo llamado del Purgatorio, que tiene 1852 varas sobre el nivel del mar. El tabaco, la yerbabuena, la manzanilla y la borraja, se producen espontáneamente, y en sus fértiles campiñas se da café de exquisito aroma y las demás producciones de los trópicos; sin que por esto dejen de ser miserables sus moradores, que siendo indios descendientes de los Chaimas, participan de la inercia y pereza característica a todos los indíjenas.

El día dos hice algunas observaciones, dejando para el día siguiente la visita a la cueva del Guácharo. Para alumbrar la parte oscura de esta, mandé cortar a las faldas del cerro del Purgatorio, el árbol llamado palmiche, que se diferencia enteramente del conocido con el mismo nombre en las otras provincias, y del cual se hacen teas. Dicho árbol crece hasta veinte pies, y tiene de 3 a 4 pulgadas de diámetro, y siendo muy singular que solo exista en los alrededores de una caverna tenebrosa, que no podría ser explorada por el hombre sin el auxilio de la luz artificial. Los indios despojan al árbol de su corteza, y con el corazón que es fibroso y compacto, hacen astillas de medía pulgada de grueso, y de dos ó tres varas de largo. Secan estas en unos fogones que al efecto construyen en el mismo vestíbulo de la cueva, y atándolas con bejucos, forman hachos de seis pulgadas de diámetro. Un hachón dura ardiendo una hora; su luz es hermosa y clara, y el gas que despide es inódoro y el suficiente para la combustion.

El tres al amanecer, me puse en marcha acompañado del Juez de paz Sr. José López, y de mis dos asistentes. En toda la noche anterior no había cesado de llover un momento: el cielo se mantenía aun nublado, lloviznaba, y á poco que anduvimos cayó un aguacero. El camino es de dos leguas colombianas hacia el Poniente, y costea el cerro del Guácharo: se pasa en su tránsito tres ocasiones el riachuelo de Caripe; y luego que el sendero se angosta entre el mencionado cerro y el del Periquito, serpentea siguiendo el torrente por en medio de un monte espeso y quebrado. Por fin, se nos presento improvisamente la grandiosa entrada de la cueva, cuya vista excitó en nosotros un sentimiento de sorpresa y admiracion. Ya los indios nos esperaban con sus hachos preparados; hice descargar mis instrumentos, me previne de una cuerca de 25 varas de largo, y a las ocho y medía de la mañana empezé mis observaciones.

Las grandes y espaciosas grutas son caracteristicas de las montañas calcáreas en jeneral, no siendo estraño por lo tanto encontrar en una de estas la del Guácharo. El cerro de este nombre no es de formación primitiva sino secundaria, hace parte de la cadena que se extiende desde la meseta del Bergantín, hasta el extremo de la costa de Paria; y su composicion es de roca calisa, que alterna, ya con la arcilla, ya con el calcáreo alpino o el de "yura". Por la parte del Norte, está apoyado en la meseta del Guardia San Agustín; al N.E. se une por un sombrío bosque al cerro del Purgatorio; al E. y S. O. presenta faldas suaves, mientras que las del Sur son ásperas y escarpadas. Hasta los dos tercios de altura, se ve una sola masa cubierta de paja manchada con grupos de arbustos, y se hechan de ver trozos de paredes casi verticales unos y otros paralelos o divergentes: en el otro tercio se manifiestan cortaduras, unas blanquesinas y otras azuladas, mas ó menos cubiertas de verdura; y en la cima se eleva un cono desnudo hácia el Ocaso y Mediodía, y vestido por las partes opuestas, de árboles frondosos, cuyas mas altas copas estan á 1739 varas sobre el nivel del mar.

La latitud de la entrada de este espacioso subterráneo, es de 10° 11' Norte, y su longitud de 30° 32' a Oriente del Meridiano de Caracas. Se eleva sobre el nivel del mar 1180 varas, y por consiguiente excede al pueblo de Caripe en 229 varas de altura. La entrada está situada casi al Sur, S.O., y la dirección de la Galería, corresponde al Norte, N.E.; tiene 31 varas de ancho y 28 de alto, y arrimado a la bóveda del Oeste, sale un torrente que se une allí mismo a otro que desciende del cerro del Purgatorio y juntos forman las cabeceras del río Caripe.

La figura de la cueva es la de una medía bóveda perfecta, cuya parte exterior está coronada de árboles colosales; la pared interior lateral del Ponente, no tiene incrustaciones, al paso que en la opuesta hay numerosas petrificaciones que forman cavidades sobrepuestas en anfiteatro que se elevan casi verticalmente desde el plano. Este es lizo y húmedo; nacen en él unas cuantas plantas herbáceas a las márgenes del agua, y otras penden del martillo que cubre las incrustaciones calcáreas. De todo el cielo de la bóveda se desprenden unas grandes y antiguas estaláctitas de 12 a 14 pies de largo, y de 3 a 4 de ancho, interpoladas con algunas pequeñas. Es agradable observarlas con detención: las hay ovaladas, circulares, puntiagudas, y otras caen en forma de festones tan elegantemente labrados, que parecen mas bien obra del arte que de los caprichos de la naturaleza.

A las 115 varas pasamos por primera vez al torrente, cuyo fondo es algo fangoso, y a la altura de la cueva se había reducido a 25 varas y su altura a 22, conservando el mismo rumbo y estructura. Los rayos de la luz solar, aunque en extremo debilitados, penetran hasta las 167 varas, y pudimos llegar con un solo hachón ardiendo a las 175; pero en este punto es tan absoluta la oscuridad, que no nos veíamos los unos a los otros, y fue preciso encender cinco. El canto agudo y lastimero de los pájaros nocturnos, retumbaban ya en lo mas interior del subterráneo, y no pude menos de recordar que este lugar tenebroso había servido de asilo durante un mes a los primeros capuchinos aragoneses que se internaron en las montañas de Caripe después de la conquista, contra los ataques de un jefe belicoso de los tuapocanos, acampado en las márgenes del río de dicho pueblo; y que a la luz de las hachas y sobre las piedras, se habían celebrado los sacrosantos misterios de nuestra religión.

Una gran masa de petrificaciones, separa este salón del siguiente, que es en todo parecido al primero, y se pasa por segunda vez al arroyo, dejándolo a la izquierda. En este lugar ha desaparecido toda vegetación, y el paso está cubierto de la fruta con que se alimenta el guácharo, ya podrida, llamada por los indios "mataca". Estas aves salen de noche de sus nidos en busca de esa fruta, que se dan en un árbol derecho y alto, en los cerros inmediatos a la caverna, y vuelven con ella a nutrir sus hijuelos. La fruta es de color sosa, y dicen que, cuando los pájaros han hecho la digestión de su parte carnosa, expelen la pepa dividida en dos partes iguales, adquiriendo después de haber recibido esta estomacal preparación, la virtud de ser excelente remedio para los dolores de estómago, espasmo, cólicos y calenturas intermitentes Los indios recogen las pepas en tiempo oportuno; las ensartan en hilos, las cuelgan en sus cocinas para que se ahumen, se sequen pronto y conserven su fragancia y virtud medicinal. Dos o tres de ellas masticadas, o bien pulverizadas y disueltas en agua tibia, es la dosis que acostumbran tomar.

Seguimos observando y midiendo la gruta: los guácharos alborotados con nuestras luces, formaban con sus agudos chillidos y aleteo un ruido espantoso. A las 240 varas empezamos a subir por un piso inclinado de 25° y tan desigual, que formaba una especie de escalones de piedra calcárea, y a las 325 bajamos por un plano suavemente inclinado y fangoso, resultado de la putrefacción de las frutas de "mataca" y del estiércol de los pájaros: tal es la abundancia que hay de ellos. El plumaje del guácharo tiene un color castaño claro, o pardo oscuro, manchado con rayas o puntos negros: la cabeza, las alas y la cola, tachonadas de pequeñas manchas blancas con un ribete negro. Su tamaño es poco mayor que el de una paloma: su semblante es triste, y sus ojos pequeños y azules, no pueden soportar la luz; el pico es corto, encorvado y armado de dientes dobles, y sus patas carecen de las membranas que unen las extremidades de los dedos. Los naturales, por el tiempo de las fiestas de San Juan, matan millares de polluelos de estos pájaros para extraerles la manteca, que es un poco líquida, transparente, sin olor y tan pura, que dura más de un año en buen estado. Encontramos una especie de escalera de que se valen los indios para cogerlos y que ellos llaman andamios, formada por un palo de "mataca", puesto casi verticalmente con otros palitos atravesados, de cuyo extremo superior pende un bejuco que atan a las petrificaciones más sólidas, y tiene la forma y uso de una "maroma" o viento. Los indios luego que tocan la bóveda, afirman los pies en el bejuco, y asidos con una mano a las estalactitas e incrustaciones, con la otra sacan los pollos de sus nidos, que tienen la forma de embudos. La cueva conserva casi igual dirección, altura y anchura, variando sólo en los multiplicados efectos de filtraciones. El jipre muriato ya se hallaba en la capa con el calcáreo del "yura" o el de los Alpes; ya separando estas dos formaciones; ya en fin, descansando entre el calcáreo alpino o la greda arcillosa. Por tercera vez pasamos el arroyo que a poco quedo perdido a la derecha, en medio de unas masas huecas y petrificadas, pareciendo, por el ruido lejano que se oía, que venía precipitándose como una cascada subterránea. Hallé la temperatura del aire interior entre 18°,5 y 19° del termómetro centígrado, y la atmósfera exterior la había dejado a 17°,5: a la entrada de la cueva se sostenía el termómetro en el aire a 18°, y sumergido diversas ocasiones en el agua del torrente, me daba siempre una diferencia de 2° más fría el agua que el aire. El Barón de Humboldt en el mes de septiembre de 1800, encontró la temperatura del aire interior entre 18°,4 y 18°,9: la exterior de 16°,2 y la del agua a 16°,8; añadiendo que estas observaciones ofrecían mucho interés, si se consideraba que el calor tendía a equilibrarse con las aguas, el aire y la tierra.

Efectivamente el agua, al pasar por entre capas pedregosas o filtrándose por las rocas, adquiere la temperatura de sus conductos, mientras que el aire, aunque encerrado en las grutas, siempre se comunica con la atmósfera exterior; y el aumento de temperatura de aquel, es poco mas o menos proporcional al de las temperaturas medías de esta. El agua no puede equilibrarse con el calor del ambiente del subterráneo porque no queda en el estacionaria, sino que pasa rápidamente. A las 570 varas el terreno se levanta rapidamente con una inclinación de 60°, siendo este el lugar en que Humboldt se detuvo por temor de que los indios que le acompañaban, los cuales, intimidados por el aspecto horroroso de la cueva, por el chillido de millares de aves que se trace mas agudo a proporción que la bóveda se estrecha; y lo que es mas, por la preocupación en que estaban hasta entonces de que más allá reposaban las almas de sus antepasados, no quisieron seguir adelante, aunque los Padres Capuchinos que acompañaban al viajero interpusieron para ello toda su autoridad, y este agoto las promesas y los ruegos. "Las tinieblas, dice Humboldt, se unen por todas partes a la idea de la muerte: la gruta de Caripe es el Tártaro de los griegos, y los Guácharos que revolotean sobre el torrente, lanzando gritos lamentables, recuerdan las aves de Stijia" En el día los indios piensan de distinto modo, y aunque en silencio, me seguían: abandoné las huellas de este célebre naturalista, y trepando por unos apiñados peñascos sobrepuestos en desorden, llegué a las 632 varas, donde se acaba la subida. La cueva tenia solamente 10 varas de ancho y 12 de alto: su configuración era la misma y su dirección siempre al N.E. Volvimos a encontrar el torrente que se dirigía hacia unos peñascos destrozados perdiéndose por varias hendiduras y pasando por cascadas sucesivas y subterráneas hasta llegar al terrero que acabábamos de recorrer. Para seguir adelante tuvimos que caminar por el mismo cauce del torrente; pero la gruta, por un lado cortada a pico, y por el otro llena de petrificaciones verticales, no franqueaba paso más accesible: cuando llegamos a las 647 varas, de improviso se ensanchó la gruta que se veía sostenida por una infinidad de columnas y cuevas pequeñas hacia la derecha, quedando abovedada por la parte izquierda El suelo estaba cubierto de estalagmitas, y el cielo adornado con festones petrificados, estalactitas caprichosas, y nichos tan lisos y regulares en su estructura, que a primera vista parece difícil creer que la acción lenta del agua haya podido formar figuras tan perfectas. Allí se ven bóvedas de cúpulas, cilíndricas y cónicas de sólidas dimensiones. Difícil es formar una idea del número considerable de guácharos que salgan de ahí de los recónditos intersticios de la cueva: ya deslumbrados por nuestras hachas, ya espantados por nuestra presencia, remolineaban sobre nuestras cabezas dando alaridos agudos que se repetían por el eco de mil concavidades, de manera que era imposible entendernos.

El torrente lo teníamos a la derecha, y el terreno cubierto de estiércol pulverizado, iba sensiblemente subiendo, al paso que la gruta tomaba una anchura de 22 varas, y se elevaba otras tantas. Grupos grotescos formaban sus potes laterales, y la bóveda estaba llena de mil formas extrañas. A las 855 varas se nos perdió otra vez el curve del torrente, cuyas aguas salían sin estrépito por entre rocas calizas estratiformes. Después de la pérdida de este riachuelo que había constantemente tenido su curso de 5 a 8 varas de ancho con dos pies de agua, quedó la gruta con un piso alto, perfectamente llano y cubierto de un grueso polvo formado por el estiércol de las aves nocturnas; mas a las 950 varas, de improviso se cambió en pedregoso con grandes masas, cuya petrificación era resultado de la disolución de las materias calcáreas que se habían depositado a medida que se desprendía el fluído que los acarreaba, el cual parecía haber bajado por cascadas sucesivas: el conjunto de estas petrificaciones, formaba una inclinación de 70 varas. Parece que hasta aquí había penetrado antes que Humboldt, un obispo de Guayana, Según refiere aquél, pues dice que éste llegó a medir 960 varas desde la embocadura hasta el sitio en que se detuvo; y añade que todavía se prolongaba la cueva, pasando en silencio la razón por la cual dicho Obispo no siguió más adelante. Si los Chaimas de ahora 35 años tenían recelo de introducirse hasta las 570 varas, a coger los guácharos, los de hoy no temen hacerlo hasta las 950, en donde se veía aún una escalera levantada hacía poco para cogerlos. Subí por aquellas petrificaciones hasta dar con la bóveda misma; y tendida la cuerda medimos mas de 25 varas; examiné por todas partes y no pude encontrar salida alguna. Observé el barómetro y estábamos a la altura de 225 varas sobre el nivel del vestíbulo de la cueva; bajé de aquellos precipicios, y a poco encontré hacia el E. un hoyo ovalado de 2 a 5 varas de diámetro, 10 de profundidad, y con paredes verticales: aplicamos las teas a él, y podía verse una estrecha abertura que iba en dirección N. Había pensado ya en tomar la escalera para bajar a aquel nuevo subterráneo en busca del riachuelo que se había perdido; pero retrocediendo 25 varas encontré un boquete de una vara cuadrada, por el cual bajaba el terreno con una inclinación de 45°: estaba cubierto de estiércol pulverizado, sobre el cual se veían huellas de animales que no pudimos conocer. Ninguno de los indios que me acompañaban había entrado por allí y se resistieron a seguir. La estrechez de la entrada, su rápido descenso, los indicios de animales, un silencio sepulcral que reinaba en aquel hueco, la idea de no saber a donde íbamos a parar, todo infundía un gran terror a los indios. Me introduje al hueco agachado y los pies por delante, agarrándome con una mano, y teniendo con la otra la tea que me alumbraba. Anduve así más de seis varas, y otras tantas de rodillas, hasta que se ensanchó la bóveda y pude ponerme de pie. Entonces me siguieron el Juez de Paz López y mis dos asistentes; cada uno con una tea: llevando la brújula, el termómetro y el barómetro. Se ensanchaba progresivamente el subterráneo, y el suelo bajaba con rapidez hasta las 25 varas, que encontramos el riachuelo perdido. Allí nos encontramos solos porque los indios que llevaban las teas se habían quedado en la gran caverna: nos cansamos de llamarlos, y para que bajasen cuatro, tuvo el indígena López que retroceder, y armado de su autoridad obligarlos: otros tantos prefirieron quedarse en medio de aquellas tinieblas y del ruido espantoso de los guácharos con solo dos teas, a seguirnos. Calculadas las luces consumidas y las que quedaban, vimos que teníamos aún bastantes para recorrer un largo trecho, y seguimos nuestra marcha. El arroyo era estrecho; tenía cuatro pies de agua, y un fondo algo sólido: sus orillas escarpadas y resbalosas, nos dieron algún trabajo para pasar al otro lado. Ya aquí la cueva era de otro aspecto: no tenía sino 12 varas de ancho y 4 de alto: no se veían petrificaciones ni incrustaciones: no existía la roca caliza ni el calcáreo jipzoso y sólo era una masa de greda arcillosa, que a causa de su mucha solubilidad en el agua, había formado esta concavidad. No había pájaro alguno, y en el suelo gredoso se veían huellas de animales que reconocíamos ser de lapas: un silencio lúgubre reinaba en aquel tenebroso subterráneo, y ni siquiera se sentía el ruido del agua, que plácidamente corría hacia un hueco apenas petrificado.

Si la grande cueva que acabamos de recorrer podía llamarse un bello horror, ésta debe apellidarse una mansión de muerte. Fuimos costeando el agua por un terreno resbaloso, realzado en forma de cuchilla, hasta 50 varas, y tuvimos que entrar en el cauce mismo del arroyo, porque la gruta no daba otro paso. Por un estrecho corredor de una o dos varas de ancho y dos o tres de alto, teniendo el agua a la cintura, anduvimos 25 varas: afortunadamente el agua era transparente y el fondo sólido y cubierto de un cascajo menudo. Empezó luego a ensancharse hasta tres varas y a elevarse hasta cinco: pero no había absolutamente otro modo de ir adelante sino por el curve mismo del agua que venia del N.E. por un piano suavemente inclinado, en medio de un terreno petrificado. Anduvimos por este canal 125 varas con el agua siempre a la rodilla o a la cintura, y tuvimos que detenernos por un pozo ovalado de dos varas de profundidad, cuatro de largo y dos de ancho, con un fondo fangoso: se veía salir el agua por un boquete que estaba sobre la superficie del pozo; más no era posible penetrar por é inútiles fueron nuestras pesquisas para buscar allí el modo de seguir este ramal que tuvo un total de 225 varas. El termómetro marcaba 18°,5: estábamos a la altura de 192 varas sobre el nivel del vestíbulo de la cueva.

Regresamos examinando si había alguna abertura que nos llevase a otra caverna, y a las 25 varas encontramos una hendidura vertical de dos varas de alto y una de ancho, de la cual filtraban unas pocas aguas, y su dirección era al N.N.O. Nos introdujimos por ella, y a las cinco varas se estrechó, presentando una subida sobre el ángulo de 45°, formada por un terreno calcáreo jipzoso, lleno de incrustaciones. Subimos unas 12 varas y luego se estrechó considerablemente: tuvimos que ir agachados unas tres varas; más cuál fue nuestra admiración cuando nos vimos en un hermoso salón con tres anchas bóvedas: una hacia el 0., otra hacia el S. y otra hacia el N.E. Aquí ya no se podía decir que era un bello horror, ni una mansión de muerte, y si un gran espectáculo de la naturaleza, que se presenta revestida de todos los primores de la petrificación subterránea. La bóveda parecía de cristal labrado maravillosamente, y de ella pendían estalactitas tan raras en su estructura, como brillantes en sus composiciones: las levantadas estalagmitas, ya unidas a las estalactitas, ya separadas, formaban columnas, pirámides, obeliscos; unos blancos, otros con vetas encarnadas y otros plomizos pareciendo que eran de bronce, de alabastro y de mármol, salpicados de brillantes. El suelo estaba tapizado de primorosas petrificaciones a cuál más bella, pareciendo una de ellas formada de diamantes. Se sucedían estas petrificaciones como por gradas, y las estalagmitas reposaban sobre ellas como otras tantas abrillantadas. Todas las filtraciones eran recientes, y el esplendor que conservaban las partes petrificadas realzaba este suntuoso salón, en medio del cual se elevaba sobre gradas semicirculares una especie de tabernáculo redondo: blanco como el alabastro, reluciente como la plata, y de tres varas de alto. Una medio naranja tan perfecta como la podía hacer un artífice, cubría la parte superior, en cayo centro había un globo imperfecto sobre el cual descansaba una pequeña pirámide truncada. Al lado izquierdo de esta primorosa petrificación se veían seis columnas que sostenían una portada: las columnas eran semejantes a las del orden Jónico, tan iguales, que parecían hechas a propósito, y blancas como la nieve: los capiteles y pedestales eran plomizos. Al lado opuesto del blanco monumento, se veía en medio de columnas desordenadas blancas y plomizas, un largo salón lleno de estalactitas y estalagmitas cristalizadas. Todos quedamos estáticos y como sobrecogidos por un gran rato: veía yo aquellos indios y a mis asistentes inmóviles y admirados ante aquella magnificencia; la pálida luz de las teas, cuyos rayos se extendían en varias direcciones, sobre los diferentes objetos dignos de ser descritos por plumas maestras, y que pincel humano no podría imitar el brillo que cada uno despedía al ser herido por la luz; las sombras que estos mismos lanzaban sobre otros que, más apagados se alcanzaban a ver, al paso que la oscuridad escondía multitud; y el humo que por falta de viento se elevaba de las teas en columnas perpendiculares hacia la silenciosa bóveda, todo, todo causaba una impresión grandiosa en las facultades del espectador, a quien le parecía estar en una mansión encantada. Sacudida aquella primera y fuerte impresión, cada uno corrió por un impulso simultáneo hacia las petrificaciones que parecían más bellas por su brillo, sacando pedazos para llevar a sus amigos, en prueba auténtica de lo que habían visto.

Seguimos en dirección N.E. y unas cuantas gradas semicirculares nos conducían hacia arriba; siempre en medio de columnas que sostenían la bóveda; de estalactitas que la adornaban y estalagmitas que se empinaban sobre el suelo. La caverna tiene 18 varas de alto y 14 de ancho: aquí no hay guácharos ni torrente; solamente las lapas viven escondidas en los bajos intersticios de la cueva. Todo es silencio; pero no aquel silencio que ofrece encanto y tranquilidad, sino el de las tinieblas, que inspira profunda meditación. Aquí se ven todas las edades de las filtraciones y petrificaciones, desde su primera formación, de manera que el espectador presenciando la caída de las gotas impregnadas de jipse muriato y de espacto, las ve convertirse en muy pocos instantes, de líquido en sólido, sea representando pequeños tubos o cuentas vidriosas, o aquella figura que la casualidad ha querido darle en el momento de desprenderse los fluidos de las materias disueltas en ellos, las cuales formando unas capas extremadamente delgadas, adquieren la configuración del objeto sobre que caen, o la que le da el impulso que recibe en la caída, o en fin, la que les imprime el aire al punto de coagularse, sea caída la gota o al caer. Anduvimos absortos como en un éxtasis encantador y variado, 45 varas en donde se acaba la cueva, con una multitud de recientísimas petrificaciones que no permitían sino andar de rodillas. Anduvimos en esta postura diez varas más, y no pudimos seguir por la multitud de filtraciones que caían por todas partes y tenían completamente obstruido el paso. Yo opino que estas últimas diez varas, podrán, dentro de algunos años, estar completamente intransitables, lo que no sucederá ya al resto del gran salón. Retrocedimos y fuimos al ramal de 0. pero a las 30 varas se acabó con una multitud de estalactitas y estalagmitas unidas que formaban grandes masas. Nos introdujimos por el S. y allí no había sino grandes incrustaciones caídas, superpuestas unas a otras pirámides truncadas, y una, blanca y grande, inclinada 45° hacia el 0. que parecía próxima a caer, reposando un simple ángulo de ella sobre una enorme masa petrificada de 6 varas de alto. Esta cueva subía por peñascos calcáreos destrozados, y a las 40 varas, se confundía esto con una bóveda irregular. Por la situación y dirección de esta caverna, se puede afirmar que el hoyo ovalado que se dejó en la gran cueva a las 950 varas, en cayo fondo se observaba un pequeño boquete hacia el N., debe tener comunicación con ésta, la cual no se observó por estar oculta, sin duda en medio de los peñascos descritos arriba. Retrocedimos, pues, por el mismo camino, y habiendo llegado al ramal estrecho del riachuelo, le encontramos lleno aun del humo de nuestras teas que quedaba estacionario y sin poder salir; pues el aire que entraba por el boquete por donde habíamos bajado, le impedía irse por allí, y parecía que no tenía otro vehículo. Llegados a la gran caverna encontramos a los cuatro indios que nos esperaban, y todos juntos llegamos al vestíbulo de la cueva a las once y media, bien mojados, sucios y fatigados. Mientras se secaban nuestros vestidos, pude hacer la observación solar en el mismo vestíbulo de la cueva, para encontrar la posición astronómica de esta celebre caverna, cuya visita hace incómoda el torrente; mas yo presumo que la cantidad de agua que tenía era debida a los aguaceros que precedían nuestra entrada: de manera que en tiempo seco debe tener muy poca agua.

La cueva debe considerarse dividida en tres grandes ramales; el principal tiene 9 75 varas, compuesto de petrificaciones antiguas, y habitado por los guácharos que dan el nombre a la gruta: se retrocedieron 25 varas para penetrar al segundo, que se forma y compone de una greda arcillosa endurecida, bañada constantemente por el riachuelo; sin aves ni ningún otro viviente, el cual tuvo una longitud de 225 varas: se regreso de aquí por espacio de 25 varas para hallar el último, que esta habitado por las lapas, el cual tiene 135 varas, siendo esta la parte más bella, más pintoresca y sorprendente del subterráneo: de modo que la longitud de estos tres ramales reunidos, dan un total de 1.285 varas que tiene la famosa cueva del Guácharo, que se puede llamar una de las maravillas de la naturaleza; la primera de Venezuela, y la más estupenda conocida en las rocas calcáreas del orbe entero.

Fuente: "Pioneros" - © PDVSA-Intevep, 1997